JULIA, LABERINTO DE MEMORIAS

Espectáculo teatral

martes, 12 de abril de 2022

CRÍTICA - TELAM

Stella Matute deslumbra
en un unipersonal escrito y dirigido
por Fernando Alegre

POR HÉCTOR PUYO

"Julia, laberinto de memorias" describe la formación de una niña y la identidad que la constituirá durante su vida. Con destellos de gracia y sensibilidad, la obra que se estrenó el fin de semana,  podrá verse los sábados a las 19 en el céntrico teatro Payró.

 


"Julia, laberinto de memorias"

La actriz Stella Matute ofrece un espectáculo de enorme calidad artística sobre un texto escrito y dirigido por Fernando Alegre, "Julia, laberinto de memorias", que describe la formación de una niña y la identidad que la constituirá durante su vida, con destellos de gracia y sensibilidad, que se estrenó el fin de semana y podrá verse los sábados a las 19 en el céntrico teatro Payró, San Martín 766, casi Córdoba.

El personaje es una niña, pero puede ser un niño o un sujeto sin género; de hecho utiliza el lenguaje inclusivo y para más datos en algún momento surge de un arcón una serie de cintas multicolores, como las utilizadas por las diversidades; es y no es, juega a ser niña aunque su físico sea el de una persona mayor, pero la actriz lo empequeñece, lo lleva al pasado, recurre a ese laberinto de memorias donde deben estar las claves.

Pocas veces se ha visto unipersonales tan magnéticos, tan llamativos, tan amorosos como el que Matute construye sobre el escenario del Payró: la platea está convencida de hallarse frente a una niña que aprende el lenguaje, que aprende a leer con típicas letras de cartón, que se reencuentra con los muñecos y muñecas del pasado, en un ejercicio que no derrama demagogia.

Julia, Juli o Julix, dice Matute, encarna Matute, seduce Matute, aunque detrás está el texto de Alegre, que es quien propone el juego y por algo lo hará: esa niña es también la persona mayor que ha pasado por algún hecho traumático, una internación no explicitada con medicaciones de alienación, alguien que usa sus juegos infantiles para tapar traumas que no es necesario explicitar.

Lo que sucede es que además de autor, Alegre es el director del espectáculo, y como tal lo arma como un extenso juego infantil, cíclico, anecdótico pero no redundante; el escenario se transforma en una gran caja de juguetes sin lo cual lo que cuenta sería muy duro. No hay mayores en la historia de Julia, no hay familia, no hay un afuera, el presente es perpetuo porque ella lo establece así.

Aunque en el inevitable viaje al pasado que emprende el personaje, no se vincula con personas, sino con una familia de grandes muñecos (de Ariel Muñoz) a los que impone determinadas características y con los que dialoga otorgándoles nombres y “personalidades” precisas: así arma “su” familia, no la que seguramente posee fuera de ese ámbito, sino la que ella desea. Esa familia no la hiere, no la etiqueta, en ella se espejan afectos que ella misma produce.

Con el cabello recortado al máximo para enfatizar su asexualidad, como una María Falconetti bajada de la pantalla al escenario –aunque sus delicados rasgos no ocultan su calidad de mujer-, la actriz es un animal desatado que recorre la escena sin repetir movimientos, que vuela con la coreografía marcada por Mecha Fernández y se funde en la escenografía de colores y la iluminación que comparten Alegre y Eduardo “Pacha” Paglieri, mientras la “dramaturgia sonora” -una categoría novedosa en la escena local- de Manuel Pérez Vizan, aporta sorpresivos toques que avalan la acción.


Lo que sucede con Julia y con el trabajo excepcional de Matute es que es imposible no enamorarse de esa criatura en la medida en que la obra crece; hay una temperatura afectiva que actriz y director manejan de modo magistral, que avanza mientras la locura avanza, mientras los límites entre imaginación y realidad se difuminan y queda el hueso del asunto: la soledad desesperada de ese ser endeble que intenta no quebrarse, ser niña para hallar la flexibilidad que la mayoría de edad le impediría.

Y justamente flexibilidad es lo que Matute exhibe: si bien se conocían sus virtudes actorales, que no son pocas, nunca como en esta oportunidad se la vio tan libre, tan coreográfica, con una emisión de voz tan modulada y potente (con ayuda de Verónica Benavente), mezclándose entre colores y muñecos en ese mundo propio que ha construido, donde es evidente la firma de Alegre.

La actriz hizo gala de una gran potencia escénica en otro unipersonal, “Gerturdis”, de Fernando Musante, con dirección de Santiago Doria (2019), absolutamente opuesto a “Julia” en puesta e intención, y entre su gran producción tuvo especial lucimiento en “Babyshower”, que representó por años desde 2011, con una gracia y seducción difíciles de olvidar.

Dentro de un amplio abanico de actividades sobre las tablas, el director Alegre manifestó una mano diestra para trabajar con mujeres -“Fragmentos de un pianista violento”, de Darío Bonheur, con Matute y Alicia Naya, por ejemplo- y sostuvo a una actriz popular, exdiva de TV y pareja de Sandro en algunas películas, Laura Bove, en la sensible “Mi vida después del Cbc... Acv. Voces desde la afasia”, escrita por la recordada intérprete, lo que lo inscribe en esa delgada franja de directores capaces de hurgar con delicadeza en el alma femenina.

Stella Matute y Fernando Alegre han recibido numerosos premios y nominaciones en cotejos armados por críticos y otros periodistas, y su reencuentro en “Julia…” es sencillamente explosivo. Ahora hay que esperar que su permanencia en cartel sea prolongada.

Link de la crítica: https://www.telam.com.ar/notas/202204/589184-stella-matute-unipersonal-fernando-alegre.html

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